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sábado, julio 26, 2008

Otro poema de Sharon Olds

Artificios

Mi madre
la maga
puede hacer
que aparezcan
huevos en su mano.
Mis ovarios
aparecen en su mano, negros como higos
y dedos arrugados de tanto lavar.

Cierra su mano,
y cuando la abre,
nada.

Se saca de los oídos bufandas de seda
de todos los colores, joyas de su boca,
leche de sus pezones. Desnuda
sobre el tablado blanco,
hace sus números,
mi madre la maga.

Se saca los ojos.
Las cuencas vacías
se llenan de aceite
que rezuma bourbon y heces.
Por las ventanas de su nariz
saca pergaminos
que arden.

En el grand finale
se saca lentamente a mi padre
de su coño,
y poniéndolo en un sombrero de seda
lo desaparece.

Dije que ella puede hacer que todo
se vuelva nada, es un vacío en el espacio,
lo máximo,
la mejor maga. Todo

lo que he sacado de mi boca
frente a ustedes.

Tomado de:
Cuatro poemas de: Satanás dice (Satan Says, 1980)
Traducción de: Juan Carlos Galeano (julio de 2000)

(http://www.eldigoras.com/eom/2002/aire10pvso02.htm#station)
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Dos poemas de Sharon Olds

Querer

Esperé en el pasillo mientras su mujer
preparaba todo para la noche,
ajustaba el goteo, limpiaba la saliva
seca de las comisuras de sus labios,
comprobaba que la escupidera estuviera cerca,
el timbre prendido de la sábana.
como un chupador a la cuna.
Mientras, yo pensaba en el goteo,
en la manivela de acero de la cama.
en el timbre, la taza, la luz. Siempre lo supe
un objeto en un mundo de objetos.
Y es que no hablaba, a veces, por una semana,
se limitaba a hacer esas seña suyas:
si abría y cerraba los dedos como un pico,
mujeres parloteando; si se golpeaba la frente,
la estupidez de las mujeres te destruye.
Yo había dejado de esperar que me hablara
con sinceridad antes de morir. Aguardé
junto a la enfermería, donde las mujeres dejan
las flores cuando se llevan sus bebés a casa.
Cuando ella salió de su habitación estaba radiante:
él le había tomado las manos, le había agradecido
cuanto había hecho por él durante veinte años,
y después le había dicho: Quiero dedicarte
el resto de mi vida.

La urna

Pensé que sería escalonada, con una pequeña
cintura y un par de asas plateadas,
como un jarrón o un trofeo de tenis, pero sobre la mesa
yacía una caja cuadrada, suave, de aspecto
militar, los ángulos de acero inoxidable,
un envase apto para enterrar
basura radioactiva. La giré para ver su nombre,
esa etiqueta elegante como una marca
en un paquete de sal.
En esto se había convertido: dos o tres
kilos de huesos en una caja que yo alzaba
y mecía. Hay quien traga
carros enteros, pedazo a pedazo, pero
el pastor venía hacia mí, mi madrastra se acercaba,
yo sólo podía abrazarlo y mecerlo. No había sabido
dónde estaba exactamente, ni había sentido
su peso, desde que alcé su cabeza
tibia para sacarle el tubo de oxígeno
cuando murió. Ahora lo tenía de nuevo.
Pasaba mis dedos una y otra vez
por el acero inoxidable. Si alguien
nos ha dado la espalda, si alguien
no nos podía mirar,
sentir su solo peso
se convierte en una bendición.

(tomados de: http://ladamaduende.org)
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