miércoles, agosto 23, 2006

El ritual de la sangre

En una azotea de México D.F.
un hombre en un cuarto pequeño
a solas se pincha los dedos
para extraer hilillos de sangre
que vierte en un vaso de vidrio.

Sentado en un camastro frío y duro
a pocas horas de la madrugada
el ruido lejano de autos y gritos
el frío que también hace ruido
y penetra por esas rendijas
de una puerta vieja y helada.

El hombre se pincha los dedos
con una aguja muy fina que se
encontró en los andenes del metro
junto a él reposa una figura extraña
de un maniquí hecho de trapos
y una máscara semiroída en la parte
superior, tapada con sábanas.

El vaso de vidrio retiene el escaso
líquido rojo intenso, y el hombre
lo bebe de un sorbo, después
con un trapo sucio, intenta limpiar
sus heridas, el maniquí se mantiene
tapado, inánime, es un muñeco que
no tiene vida, un compañero irredento
para su soledad desprotegida.

La azotea se encuentra encima de un
edificio derruido pero en pie, de once
pisos, en una zona intermedia, donde
habitan burócratas, y gente de medianos
recursos; en las alturas, a las primeras horas
de madrugada, hace un frío aterrador, que
hiela la sangre, es aún más difícil
pincharse los dedos.

El hombre lava sus heridas en una vasija
de agua muy fría, no piensa en nada,
solo se limpia los dedos con agua
por dentro siente un frío que le cala los huesos
pero no dice nada, no se queja del tiempo
ni del frío, ahora sólo seca sus dedos
con su propia camisa, sus ropas son viejas.

El hombre voltea el rostro y mira el muñeco
a su lado, que inánime parece que entiende
y ambos están frente a frente, el hombre se
acurruca junto al maniquí, que hecho de trapos
es muy moldeable, su cuerpo son telas y ropa
que recogió de la calle, amarrados con
agujetas y listones casi desechos.
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